Milenio
Luis Petersen Farah
27 de enero de 2010
http://impreso.milenio.com/node/8709629
Entre las muchas razones que había en el país para crear las leyes de acceso a la información pública y las comisiones de Transparencia, había una particularmente importante: la enorme desconfianza ciudadana sobre el uso correcto de los recursos públicos. A los ojos de la población, los poderes no eran de fiar.
Aún hoy, cualquier conjetura de desviación del dinero de nuestros impuestos hacia fines distintos de los que la ley dispone, se convierte fácilmente en una verdad compartida. Sea o no sea verdad. No hay nada más fácil de decir para un mexicano que frases como estas: “Se están llevando el dinero”, “Lo están pasando a campañas de sus partidos en otros estados”, “Están contratando amigos”, “Por algo esconden las cosas, pues el que nada debe nada teme”. Y un largo y conocido etcétera.
Por eso, es particularmente grave que el nuevo Gobierno estatal tenga, después de cumplidos los plazos legales, tan graves lagunas en la publicación de datos sobre las nuevas secretarías. El reportaje de Luis García publicado ayer en MILENIO Monterrey descubre oscuridades nada menos que en el organigrama y en la nómina de esas dependencias. Un Gobierno que quiere empezar siendo diferente, moderno, democrático, joven y cercano a la tecnología simplemente no debería permitirlo. A estas alturas, la transparencia ya debería ser un hábito.